MagaziLeNa facilita en exclusiva el relato "Soñando" de Leticia Machado Gundín, ganadora del II Concurso Literario H.P. Lovecraft
En
algún lugar existía un pequeño sueño, del cual nadie sabía su procedencia ni
quién lo había soñado. Era tan pequeño que lo único que podía pensar era “No quiero desaparecer de esta manera...
¿Qué puedo hacer para que dejen de ignorarme y se fijen en mí?” El pequeño sueño pensó y pensó; cada
día intentaba encontrar una solución pero nunca lo lograba. Hasta que un día
dio con aquello que tanto había ansiado encontrar: “Si logro que las personas vivan dentro de mí, quizás podría
hacerme más grande y poderoso. ¡Ellos construirán mi mundo deseado! Yo… ¡debo
sobrevivir!”
La
historia de este pequeño y ambicioso sueño comienza con una mujer. Aquella
mujer se llamaba Emma. Vivía desde hacía dos años con su pareja, la cual era
muy agresiva y continuamente le maltrataba. Ella seguía con él porque sabía
que, a pesar de todo, el hombre la quería con locura; nunca le pegaba a
propósito, sólo lo hacía porque necesitaba descargarse fuera de su trabajo. Al
menos eso quería pensar ella. Mientras reposaba en la cama, observaba el techo
con tranquilidad, perdida en sus más profundos pensamientos. Sus ojos eran
pequeños y muy redondos, de un color avellana muy suave y llamativo. Lo que más
se apreciaba de su aspecto eran las grandes bolsas que tenía bajo los ojos.
Lentamente se destapó dejando al aire su esquelético cuerpo cubierto con un
pijama veraniego que le quedaba demasiado grande. Los moratones y cicatrices
abundaban por su cuerpo, sobre todo por los brazos y piernas. Cerró los ojos
intentando relajarse y se levantó de la cama con pesadez. Se dirigió al baño a
lavarse la cara, alejando los oscuros pensamientos de su mente. Abrió el grifo
y dejó correr el agua durante un
instante para que enfriase. Se agachó y, de un modo muy brusco, se mojó la cara
para terminar de despejarse. Notó cómo la temperatura de la habitación
descendía muy bruscamente y su delgado cuerpo comenzaba a temblar de forma
ridícula. Cuando se disponía a salir del cuarto de baño, la puerta desapareció
ante sus narices, dejándola completamente atónita. Toda la estancia había
desaparecido y se encontraba en el vacío. Asustada, intentó buscar una forma de
salir de allí y volver a su casa. “Tus
sueños se pueden hacer realidad, Emma“. La
mujer se sobresaltó al escuchar aquella suave voz que salía de la nada. Ella se
giró asustada y muy nerviosa, sin parar de temblar. “No voy a hacerte nada malo. Yo te daré todo aquello que anhelas,
te daré fortaleza y valor. Ahora, da un paso adelante” Emma, aún asustada, obedeció y, de la nada, apareció una larga
espada que se posó en sus manos con asombrosa delicadeza. “Esto es para ti. Sé valiente”,
se despidió la voz. Emma admiró la espada que acababa de recibir. Sorprendida,
miró a su alrededor y se vio en un bosque. Caminó durante un rato, sintiendo
cómo su valentía aumentaba. No temía perderse ni quedar herida; confiaba en sí
misma como nunca había hecho. A cada paso que daba, aquel bosque se iba
oscureciendo cada vez más, ya casi ni veía sus propias manos. Aferró con fuerza
la espada que le había entregado aquella voz, pensando que no dudaría en
utilizarla. Dio otro paso y escuchó cómo algo se movía a su espalda. Se giró y
levantó la espada, observando la oscuridad. Percibió un movimiento que se
acercaba muy deprisa a ella. Pensando que sería un animal salvaje, atacó con su
espada y notó cómo se clavaba en algo blando, y un líquido caliente corría por
el filo manchándole las manos. Las miró y pudo distinguir que aquel líquido
caliente era sangre. Se acercó al cuerpo que acababa de derribar y,
horrorizada, descubrió otro cuerpo humano muy pequeño, como de una niña.
Acababa de asesinar a una niña que no pasaría de los siete años. Impresionada
echó a correr por el oscuro bosque aún cargando con la espada, intentando huir
de aquella horrible imagen. Corrió y corrió hasta que finalmente llegó a un
gran claro donde pudo diferenciar formas de casas. Gritó pidiendo ayuda. Su voz
sonaba asustada y temblorosa. “¡Qué
ridículo!” – pensó - “¿Por qué debería estar asustada? Iba a
atacarme, la he matado con razón”.
Oyó unos pasos y se giró esperando encontrase a la gente del pueblo. En su
lugar, se encontró ante una horrible bestia de un tamaño descomunal que nunca
había visto. Sus ojos eran rojos sangre, su boca era tan grande que podría
comerse una persona de un bocado, y sus garras tan colosales que no le habría
costado nada partir por la mitad a Emma. Sin pensárselo dos veces, clavó su
espada en el pecho de la criatura que, para su sorpresa, no se movió del sitio.
El monstruo cayó al suelo moribundo debido al mortal golpe en el corazón. Todo
empezó a llenarse de seres similares y Emma acabó con todos ellos sin
pestañear. Antes habría huido sin pensárselo dos veces, pero ahora, gracias a
esa espada, se sentía valiente y fuerte. Sonriente observó los cadáveres que la
rodeaban. Habría por lo menos quince. Cuando se disponía a entrar a la casa más
cercana, observó que los cuerpos de los monstruos tomaban forma humana. Hombres
yacían muertos en el suelo en un gran charco de sangre. Emma se miró las manos.
Cargaba con una espada que tenía el filo bañado en sangre. Una carcajada surgió
de su boca acompañada de una desequilibrada sonrisa. Aferró con más fuerza la
espada y entró a la casa. Allí había una mujer aferrada a un niño tapando su
cuerpo, intentando protegerle. Sin parar de reír, descargó su espada sobre
ellos. Hizo esto con todas las casas donde se escondían las mujeres y niños del
pueblo. Sin piedad, acabó con todos. Cuando hubo terminado, se detuvo en el
centro del pueblo mientras seguía riéndose de forma insólita. “Te he dado la oportunidad de vivir tu
sueño y tú lo único que has hecho es destruir mi mundo. Tsk”. Emma se sobresaltó
al escuchar aquella voz, pero enseguida recuperó la compostura y miró al cielo
sin dejar de reír.
-
¡Lo hice! ¡Soy valiente y fuerte! ¡Tanto que he
matado a mujeres, hombres y niños! ¡Nadie volverá a hacerme daño! ¡¡JAMÁS!!
En ese
momento el bosque se lanzó contra ella. Los árboles, utilizando sus raíces y
ramas la apresaron. Emma luchó por escaparse pero no pudo; los árboles eran más
y mucho más fuertes. Taparon toda salida posible, encerrándola para siempre
entre ellos. Una oscura y diminuta figura surgió del bosque. Se acercó a la
cárcel de árboles y miró con indiferencia la mano bañada de sangre que asomaba
entre las ramas y raíces. La espada reposaba en el suelo completamente limpia.
La pequeña figura negó con la cabeza y con un movimiento de la mano hizo
desaparecer la espada. “Necesito otra
persona con otro sueño. Esa persona podrá levantar mi mundo y hacerme más
poderoso”.
* **
Roberto
era un hombre triste y deprimido, ya que desde hacía años sufría fobia social.
Le costaba mucho salir a la calle y relacionarse con la gente. Era lo que más
deseaba, pero por mucho que lo intentase no conseguía hacerlo. De día y de
noche soñaba con poder expresarse igual que lo hacía un poeta, hablar sin
miedo, acabar con esos continuos temblores y esa excesiva sudoración cuando
salía al exterior sin tener que esconderse de su familia y de aquella mujer que
tanto quería. Vivía solo y así lo prefería. Su vida consistía en estar
encerrado en casa observando el mundo a través de la ventana y manteniéndose
con ayuda de sus padres. Tenía una hermana a la cual no veía desde hacía tres
años - quién sabe si seguiría viva, si se habría casado o si sería tío -.
Aquella noche se encontraba sentado en su sillón favorito observando la calle
vacía iluminada únicamente por farolas. Su pelo castaño le caía por la cara
molestándole continuamente y haciéndole bufar. Su atuendo estaba ya viejo. A
pesar de que su madre solía enviarle ropa nueva cada mes, siempre se ponía los
raídos vaqueros y la camiseta blanca. Cerró los ojos con tranquilidad y relajó
su respiración. “Tus sueños se pueden
hacer realidad, Roberto“. Abrió los
ojos asombrados y miró a su alrededor. El salón estaba completamente vacío y
oscuro. Corrió a su cuarto y se metió en la cama, tapándose la cara con las
mantas. “Sé que no me hablarás, pero
haré tu sueño realidad. Solo escúchame hablar. Cuando te levantes, recibirás
algo que te ayudará con tu pequeño problema. Ya nos veremos, Roberto“. El joven
apretó los ojos con fuerza esperando que la voz se fuese. Cuando no volvió a
hablar los abrió y observó como unos delicados rayos de sol se colaban por la
cortina. Sonrió para sí mismo “Ha
sido todo un sueño, está claro. ¡Si ya es de día!“. Se levantó y se dio cuenta de que seguía vestido; se rió y se
calzó los playeros sin dejar de sonreír. Se acercó a la puerta de salida, cogió
su chaqueta negra y salió a la calle. Decidió ir a pasear y, mientras caminaba,
de sus labios salió una hermosa canción. Una muchacha se detuvo y se acercó a él sonriendo.
-
¡Qué bonita canción! ¿Puedes cantarla de nuevo y más alto?
-
Por supuesto – Para su sorpresa, comenzó a cantar en voz
alta aquella canción que no sabía de dónde había salido. No sentía miedo.
La
gente comenzó a detenerse y a aglomerarse alrededor del chico. Todos aplaudían
y sonreían mientras le escuchaban como engatusados por su voz. Se sentía
querido y feliz; nunca se había sentido así. Necesitaba que la gente le
admirase y quisiese como estaban haciendo en ese momento. De una forma u otra,
su sueño se había cumplido. Su voz alcanzaba notas insospechadas; cada vez más
gente se acercaba a él, rodeándolo. Cuando se cansó, intentó escapar, pero la
gente tiraba de él, le rompía la ropa y arrancaba el pelo al grito de “¡¡Sigue cantando!!”. Asustado, intentó escapar golpeando a la gente, pero no parecía
surtir efecto, ya que seguían allí, tirando de él y haciéndole daño. Cada vez
más asustado, se llevó la mano al bolsillo y notó un bulto. Abrió los ojos
sorprendido y metió la mano en el bolsillo. De él sacó una brillante pistola
que parecía nueva. Apuntó a la chica que había empezado todo y sin titubear
disparó. La joven cayó al suelo muerta, manteniendo aún aquella macabra sonrisa
en su rostro. Roberto comenzó a temblar al observar el cuerpo. Acaba de
asesinar a una chica. Jamás se lo podría perdonar. Nadie parecía asustado;
seguían acercándose a él y tirándole de la ropa repitiendo las mismas palabras
de antes: “¡¡Sigue cantando!!“. El hombre levantó el arma al cielo
dispuesto a disparar al aire, pero se detuvo. “¿Qué estoy haciendo? Me seguirán toda mi vida, no me dejarán en
paz, estaré acosado... Yo… Yo no quiero vivir así“. Notó cómo su mente se quebraba; imágenes de muertos surgían en
su cabeza, acosándole. Estaba viendo el futuro de todas aquellas personas. “¡¡No puedo hacerlo!! ¡¡No puedo
matarles!!”. Miró el arma de forma
extraña y lo bajó lentamente hacia su cabeza. “¡Detente!“, gritó la voz
que le había hablado la noche anterior. “¡No
lo hagas! ¡Te necesito aquí!“. Roberto
notó cómo las lágrimas recorrían su rostro y miró al cielo. Un hombre acaba de
morderle el brazo, pero él no lo notó. Apretó el gatillo, completamente
enloquecido por aquellas imágenes. La sangre corrió por su cara, metiéndosele
en los ojos que mantenía abiertos de par en par. Sus labios se tornaron
formando una media sonrisa mientras caía al suelo muerto.
“Otro más, ¿qué haré? Todos son
demasiado débiles para alimentarme, sus sueños no son suficientes… Pero quizás…
quizás necesite a alguien más joven. ¡Claro! ¿Por qué no lo pensé antes?
Necesito a gente joven para mantenerme vivo“
* * *
Elena
nunca se sintió guapa, todo lo contrario. A pesar de que sus padres y su
hermano insistían en que era muy bonita, ella no se veía para nada así. Su pelo
negro era demasiado seco y carecía de volumen; le caía tristemente por la cara,
tapándole la frente llena de diminutas espinillas. A pesar de que ya tenía
diecinueve años, su cuerpo seguía pareciendo el de una niña de trece años. Era
bajita y no muy desarrollada, su cara aún mantenía esa forma redondeada, y su
cuerpo era rechoncho, casi sin curvas. Su único sueño era tener un bonito
cuerpo con un pelo envidiable, como lo tenían sus compañeras y amigas del ciclo
formativo. Estaba en plena clase cuando pidió permiso para salir al baño. Allí
aprovechó para beber agua y para mirarse en el espejo, y así poder arreglarse
aunque fuese un poco. Se sintió decepcionada al darse cuenta de que, a pesar de
todas las cremas que se echaba, las espinillas no habían desaparecido sino que
habían aumentado. Bufó y frunció el ceño enfadada. “Maldita sea, por qué no podré tener una bonita y envidiable cara,
con un cuerpo delgado y llamativo. Ningún chico se fijará en mí, nunca tendré
novio“. Exasperada puso las manos en
la cadera y miró fijamente su reflejo, pensativa. “Tus sueños se pueden hacer realidad, Elena“. La chica emitió un agudo chillido y miró sorprendida la puerta
de entrada, pero allí no había nadie; se encontraba completamente sola en el
baño. Ignorando la voz que había hablado, se colocó el pelo y se acercó a la
puerta para salir del baño. Cuando posó la mano en el tirador, se dio cuenta de
que estaba cerrada por fuera. Asustada, golpeó la puerta, pero nadie le hizo
caso. “¡Lo que me faltaba!“, pensó. Se sentó en el suelo apoyando
la espalda en la puerta esperando a que alguien la liberase. “Elena, yo te puedo dar lo que deseas,
puedo ayudarte“. Bufó de nuevo y
emitió un pequeño gruñido. “¡Genial!
¡Me he vuelto loca!“, pensó cabreada.
“No estás loca. Quieres ser hermosa,
es tu mayor sueño, y yo lo sé. Te lo puedo dar, solo hazme caso y déjame
hablar. Adelante, mírate en el espejo“.
Elena, dubitativa, se levantó del suelo y se acercó con desconfianza al espejo.
En cuanto se vio reflejada su boca se abrió formando una o perfecta. Su pelo
era ahora de un color dorado fuerte y estaba lleno de bonitos tirabuzones. Su
cara era suavemente redondeada y su piel parecía porcelana. Sus ojos eran
verdes como las manzanas maduras y tenían unas largas pestañas negras muy
llamativas. Esbozó una hermosa sonrisa con sus atractivos labios y dio una
vuelta completa para observar su cuerpo que ahora era delgado, esbelto y muy
bien desarrollado, con sus curvas y un pecho grande y bonito. Salió de allí,
pero no al pasillo del instituto, si no a un pasillo adornado con mármol.
Asombrada, vio cómo un hombre elegante se acercaba a ella y le hacía una leve
reverencia.
-
Su Majestad, su trono está listo.
Elena
se quedó sin habla. Ahora llevaba un elegante vestido muy elaborado con adornos
que fácilmente podrían ser de oro. El vestido tenía mucho vuelo y era verde
oscuro con tonalidades claras. Siguió al hombre y llegó a la sala del trono.
Cuando se fijó en que todos los presentes tenían la vista puesta en ella,
caminó hacia el trono y se sentó en él, sintiéndose sorprendida pero feliz. Los
hombres que vestían harapos se acercaban a ella lentamente y le hacían una
torpe reverencia. Todos la miraban con ojos deseosos. Elena esbozó una sonrisa
de satisfacción y se levantó del trono levantando la cabeza con orgullo. Los
hombres de la primera fila se acercaron y comenzaron a besarle los pies. Ella
les dio una patada y comenzó a reírse. “¡Traedme
joyas!“, gritó. Los siervos salieron
corriendo a por cosas para su reina. Ella volvió a reír feliz y orgullosa de sí
misma. Era hermosa y tenía un reino bajo su control con sirvientes que se
morían por su cuerpo. ¡Qué más se podía pedir! Ese sería su mundo a partir de
ahora. Sentada en su trono, reía a carcajadas y pegaba a sus sirvientes cuando
no le traían lo que ella quería. Cuando se levantó a abofetear a una joven
muchacha, se detuvo de golpe. Su mente se vio inundada de imágenes donde se
veía a sí misma de vieja, como un cadáver, sin su belleza ni su trono: y dos
figuras la miraban desde una puerta. Gritó de rabia y golpeó a la muchacha. “¡No puede ser! ¡No puedo envejecer por
nada del mundo! ¡No permitiré el paso a nadie más a este lugar!“. Sonrió como si hubiese descubierto
algo importante y volvió a acomodarse en su trono. “No puedes hacer esto. Es mi mundo y yo lo controlo“ - le replicó la voz que le había
hablado en el baño-. “¡Ahora es MI
mundo!“ -gritó la muchacha.
* * *
-
¡Tomás mira! ¡Tomás! ¡Mira qué bonito es esa
rosaleda! – Gritó la niña muy emocionada - ¡Sus rosas son rojas como la sangre!
Sara
cogió la mano de su hermano y tiró de él para enseñarle aquel bonito paisaje.
Parecía haber sido una ciudad, pero ahora eran unas simples ruinas con una gran
rosaleda que lo cubría todo con sus rosas. Antes habían pasado por un bosque
oscuro donde había unos árboles con forma extraña; pero como era tan siniestro,
habían salido de ahí en cuanto pudieron. Los dos mellizos habían llegado de
repente; estaban en la cama y simplemente habían despertado allí. Sara parecía
muy emocionada, pero su hermano Tomás no lo parecía tanto; andaba con
precaución y miraba a su alrededor, como esperando un ataque. A pesar de que
habían pasado por sitios llenos de tristeza y oscuridad, ellos se sentían
tranquilos y felices. Después de seguir un camino de piedra llegaron a un gran
castillo con una ciudadela a su alrededor. Todo estaba cerrado, no parecía que
se pudiese entrar de ningún modo. Sara jugó con un mechón rubio de su pelo
mientras miraba a su hermano. Él suspiró y se rascó la barbilla pensativo. Si
ese lugar estaba cerrado era porque debía haber algo peligroso alrededor.
Quizás deberían ir a pedir cobijo. Tomás
cogió la mano de su hermana y se acercaron a la puerta; cuando iban a golpearla
se abrió de par en par y se les dejó pasar. Las calles estaban vacías. A lo lejos
vieron un hombre acercarse con paso ligero a ellos. Cuando por fin llegó,
observaron al hombre mayor, que vestía de forma muy elegante; no como ellos,
que iban con sus pijamas de verano. Les entregó una carta y se alejó de ellos
igual que había venido, con rapidez. Sara la abrió y leyó. Se les rogaba que
fueran a palacio para tener una pequeña merienda con su majestad. Tomás observó
la carta con desconfianza, pero como Sara parecía tan emocionada, ambos se
acercaron al castillo que estaba en el centro de la ciudadela. Allí fueron muy
bien recibidos. Una mujer de aspecto anciano les guió hasta la sala del té,
pero en el camino Tomás escuchó una voz proveniente de una puerta entreabierta.
Aprovechó el despiste de la mujer y se acercó a la puerta dejando a su hermana
sola. Al abrirla, se encontró con un cuarto oscuro, donde había una figura en
el medio. Se acercó a la figura y vio a una muchacha de aspecto joven con ojos
desorbitados. Llevaba una corona en la cabeza que parecía quedarle demasiado
pequeña. Ella se agarró a los pantalones de Tomás y comenzó a gimotear. Él,
impasible, la miró. Esbozó una pequeña sonrisa y notó cómo algo se apoderaba de
él. Cerca de la muchacha había una pequeña y afilada daga. Se agachó y, sin dudar ni un segundo, le
cortó el cuello a la reina. Los iba a matar. Algo le había avisado, una voz
extraña en su mente. Golpeó a la muerta con el pie y se alejó tranquilamente de
esa habitación. Cuando se dirigía a por su hermana, sintió de nuevo cómo su
mente sufría una dolorosa lucha entre la conciencia y la locura que había en
ese mundo. Se arrodilló en el suelo dolorido, notando cómo la paranoia se
apoderaba de él. Cuando todo hubo terminado, se levantó con agilidad y fue a la
sala del té. Allí encontró a su hermana,
a la cual agarró del brazo. Ella, asustada, miró a su hermano a los ojos: sus
ojos estaban llenos de locura, dolor y sufrimiento. Sara ahogó un grito y notó
cómo algo la apresaba. Su hermano la había agarrado de forma que no pudiera
moverse y le había colocado la daga en el cuello. Con un rápido movimiento, él
le cortó el cuello, acabando con la vida de su querida hermana. Sonrió y se
sentó en el suelo, abrazando el cadáver de la joven. Una figura pequeña y negra
apareció de la nada y observó a la pareja. “Qué
curioso. Unos niños que no tenían ningún sueño del cual aprovecharme. Han
llegado aquí por curiosidad y han conseguido lo que los otros tres no
consiguieron. Nunca habría imaginado que una mente pura pudiese hacer tanto. Y
aún así, el hermano mayor se ha corrompido. ¡Jamás saldrán de aquí! Ahora ellos
son mi alimento…“ La diminuta figura
esbozó una sonrisa y desapareció de allí sin dejar rastro.
Tomás
y Sara desaparecieron de su hogar y nunca fueron encontrados. El cuerpo de Emma
fue hallado desangrado en un bosque cercano a su ciudad. Roberto fue localizado
en su casa: se suicidó con su propia pistola. Elena fue descubierta en el baño
de su instituto, después de haber sido asesinada con un corte limpio en el
cuello y con una expresión de terror grabada en su cara.
Jack Skellington


No hay comentarios:
Publicar un comentario